“No hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza."

Platón


En los últimos tiempos hablar sobre la escuela puede derivar en un debate infinito entorno a los diferentes temas que conciernen la educación en nuestro país: la conveniencia de la LOMCE, la exclusión de materias humanísticas o artísticas del currículum, la ratio de alumnado por clase, el uso de nuevas tecnologías, lo privado frente a lo público, el fracaso escolar, etc. Independientemente de que en la escuela se refleje la realidad social que nos rodea, la vivimos como una institución que utilizan las personas del ámbito político para sus programas electorales, un lugar sobre el que batallar desde nuestra mente adulta. Una escuela tan institucionalizada y politizada que se nos olvida que son niños y niñas quienes la habitan y viven cada día. Y todo lo que volquemos sobre ella lo sufren nuestros y nuestras menores.

Pero más allá de estos discursos políticos y teóricos está la realidad que viven los niños y niñas en el cole, una vida llena de relaciones, de descubrimientos, de emociones… vivencias que están en un plano en el que difícilmente podemos entrar desde nuestra mente adulta. Sus relaciones se basan en necesidades. Estas necesidades son de ámbito emocional y cognitivo, es decir, de desarrollo integral y además, son auténticas. Cada menor (al igual que pasa con las personas adultas) presenta unas necesidades diferentes en sus múltiples etapas de desarrollo. Otra característica es que nadie se las ha enseñado sino que son innatas. Por tanto el motor que mueve a los niños y niñas a desarrollarse emocional y cognitivamente está en su interior. Cada menor es quien mejor sabe qué necesita en cada momento para satisfacer sus necesidades y desarrollar su “plan interno”.

Los últimos estudios en neurología han demostrado que la infancia es una etapa de desarrollo en la que se forma la estructura del cerebro, que es un proceso complejo. Tiene su base en el programa genético y dura toda la infancia. Sin entrar en detalles, esto se produce a través de experiencias directas y completas con el entorno.

Umberto Maturana sostiene que un organismo vivo se hace a sí mismo a través de que sus estructuras internas interaccionen con el entorno constantemente. De forma que la condición para que se den procesos de vida es que el organismo vivo interactúe con un entorno. Siempre decidiendo qué entra y qué no para desarrollar su potencial y mantener su integridad.

Sin duda nuestra mejor aportación desde la escuela es proporcionarles un contexto enriquecedor y respetuoso que les posibilite desarrollar sus potencialidades internas. Y todo ello con amor. Es la única vía para el crecimiento pleno e integral. Educar desde el amor incondicional implica confiar en los procesos de vida y en el plan interno de cada niño y niña. A veces este camino se complica por los ritmos de vida que tenemos, por el miedo que supone romper con los esquemas que tenemos fijados, por las expectativas depositadas en estas nuevas generaciones, etc.

La confianza en el paradigma educativo que proponemos en Andolina pasa ineludiblemente por la confianza hacia el desarrollo auténtico, hacia la sabiduría interior y hacia las potencialidades innatas de cada niño y niña. Estas IV Jornadas Andolina versarán sobre la confianza ante un nuevo paradigma educativo. Para ello contamos con la presencia de diferentes ponentes con amplia experiencia que nos aportarán su grano de arena desde diferentes realidades y contextos educativos alternativos. Tendremos talleres de tipo vivencial, artístico, creativo, presentaciones de proyectos… Compartiendo con la esperanza de seguir creciendo y caminando juntos hacia un mundo mejor.

¡Bienvenidos y a disfrutar el camino!